viernes, junio 15, 2007

Hiena Errabunda

El joven recorrió el campo con la mirada, perplejo y aún tembloroso; cada latido hacía que le retumbara el cuerpo desde las sienes hasta las rodillas. Tardó un tiempo indefinible en darse cuenta de que estaba conteniendo el aliento, y por un momento se sintió ridículo al ver que su mano permanecía petrificada en torno a la empuñadura de la espada.

Recuperó la suficiente cordura como para soltarla, asqueado, al verla cubierta de sangre de la punta a la cruz. Su espléndida armadura no se encontraba más limpia, su brillo tamizado por una capa irregular de barro y restos de sus enemigos. Incluso la tierra del suelo parecía harta de beber, oscura y encharcada. Una cacofonia de sonidos le hizo alzar la vista bruscamente, asustado como un niño, y miró confuso a la multitud congregada a su alrededor.

Los ajados estandartes ondeaban aún al viento cansado de la tarde y las tropas, lo que quedaba de ellas, lanzaban vítores, vítores llenos de entusiasmo, vítores por él. Se preguntó si estaban locos, si todo aquello no sería más que una pesadilla; sintió el deseo de gritar, de escapar, de arrancarse la pesada, sucia, opresiva piel de hierro que le cubría el cuerpo. Comenzó a sudar, dio un titubeante paso atrás, el primero de una desesperada huida a cualquier lugar que no fuera aquel, pero una mano le detuvo.

El contacto cálido y firme de aquella mano pareció atravesar el metal y el cuero hasta hacerse tangible y cercano, y eso devolvió al joven cierta entereza. El veterano general lo miró con sus ojos enmarcados en una confusa mezcla de arrugas y cicatrices, recogió su espada y la alzó en el aire, junto con el brazo derecho del muchacho. El griterío se convirtió en un trueno cuando la tropa prorrumpió en gritos y cánticos de victoria, y el general le habló en voz baja. Saluda a tus hombres, muchacho, ahora, más que nunca, son tuyos.

Pasaron las horas, el sol declinó y comenzó la odiosa tarea de retirar los cuerpos de los caídos y realizar los ritos de campo. No lo entiendo-dijo el muchacho, observando desde la parte alta del campamento-. Han muerto cientos, miles, la tierra rebosaba sangre esta mañana, ha sido una carnicería. Una carnicería a la que yo les he impulsado, y aun así me vitorean, me aclaman...Escúchalos, aún ahora cantan himnos de victoria. Es una locura.

Si, puede que estén locos por celebrar algo entre tanta miseria-contestó el general, sorbiendo sopa caliente, junto a la fogata-, pero han estado demasiado cerca de la muerte hoy, y eso sólo hace que se sientan más vivos. Hoy les has dado la vida, muchacho, les has dado algo que ninguno de ellos se atrevía a esperar, ¿no lo has visto en sus ojos? Esta mañana estaban muertos y ahora siguen vivos. El miedo había ganado esta batalla antes de que se descargase el primer golpe, pero tú se lo has arrancado del pecho y les has enseñado que el enemigo no es invencible, que sangra y que puede ser derrotado. Por eso, ahora te seguirán hasta donde tú quieras guiarles.

El muchacho calló. No importaba lo mucho que había estudiado el arte de la guerra, las horas que había pasado leyendo a los estrategas clásicos o soñando con la gloria. Se estremeció al pensar que aquella masacre sólo había sido el principio.

7 comentarios:

Oyros dijo...

¿Alejandro Magno? ¿Otro general famoso? ¿Nadie en particular?

Me gusta como está escrito :) Transmite.

Coatlicue dijo...

Nadie en particular. Llevo mucho tiempo tratando de unir varias escenas que pululan reiteradamente por mi chepa y darles la forma de una buena historia, pero hasta ahora no ha habido manera, así que mejor ponerse a escribir y dejar que las cosas surjan por si mismas.

Oyros dijo...

Tal y como me dicen a menudo, escribes como un lector que deja a la historia libertad para desarrollarse y alcanzar su final natural. Me suelen decir que no es una buena forma de escribir, que has de conocer todo lo que va a ocurrir antes de empezar.

Pero yo no soy el omnipotente dios de mis historias, sólo un observador de mi imaginación.

He dicho.

PD: Suerte con la historia.

Coatlicue dijo...

Pienso lo mismo. Realmente, la historia es la que quiere salir, nosotros simplemente le damos forma, aunque atinar con la forma correcta es a veces más complicado que el simple hecho de narrar.

Anoche tuve la necesidad imperiosa de escribir y salió esto, ya crecerá hasta ser algo más elaborado, pero habrá que darle tiempo, digo yo.

Oyros dijo...

Y regarlo con amor, ternura y unos buenos latigazos griegos, espartanos, romanos, egipcios, japoneses y, por supuesto, escoceses. No nos olvidemos de los escoceses. Y de los ...

[ Siendo politicamente correcto, ahora debería empezar a citar todas las civilizaciones que han pisado este planeta a lo largo de la historia, pues todos han puesto su granito de epicismo. Pero no estoy por la labor y tampoco creo que haga falta. Ser politicamente correcto, digo. ]

Joaquín Rosado Martel dijo...

me encanta tu blog! tienes muy buenas cosas por aqui.

pasate por el mio si tienes ocasión


1 saludo!

Coatlicue dijo...

Sr.Rosado, eso está hecho. Por cierto, ¿de dónde ha salido usted?